Se sentía herida, como león
lastimado. No podía hacer su vida normal sin comenzar otra vez a recordar. La
cara pesada, la boca fruncida, y la ceja izquierda adolorida por la pose que
estaba obligada a soportar.
Tenía ganas de hacerse
rollito debajo de la cobija, pero sabía de antemano que eso solo traería más y
más pensamientos. Se hacía ilusiones sobre cómo llegar el Lunes, como evitar su
mirada, como no sentirse avergonzada o decepcionada porque él no le hablaría,
no discutirían el tema. No quería que todos los miraran de esa manera,
esperando que se unieran entre ellos haciendo como que son novios, y no son
nada.
Quería haber evitado tal
vez no todos los besos esa noche, pero si el de él. Ojala no se hubiese sentido
tan ligera y confiada con tan pocas cervezas encima y ojala no hubiese empezado
ella todo. Se reprendía así misma por ser tan débil ante el alcohol, por ser
tan inútil respecto a guardarse las cosas cuando esta ebria por el “la verdad
estas feo, pero si andaría contigo”, no quería en su vida, volver a embriagarse
hasta ese punto frente a él.
Se sentía ridícula, sucia y
cobarde. Delicada, frágil y susceptible. Pensaba a menudo en el ácido
clorhídrico. Se sentía así: explosiva, volátil y transparente. Él había
cambiado tantos aspectos suyos, tantas reglas que se había puesto sobre el amor
y los sentimientos, había creado pequeños botones que controlaban todo de ella.
Y otra vez se lo recordaba “ojala
nunca se hubiese dicho nada”, ojala hubiese dejado muy dentro de sí todo lo que
quería decir y todo lo que sentía. Ojala nunca se lo hubiese dicho ni a su
propia alma ni pensamiento. Pero igual sabía que solo estaba perdiendo el
tiempo diciendo “ojala”.
Quizá las cosas cambiasen
para bien o para mal. Pero lo que ella ahora mismo quiere es volver a su vida
que resultaba soltera y libre, pero sencilla a comparación de ahora. Ahora el
simple hecho que su boca recordará a otra chica la hacía sentirse un manojo de
sentimientos mientras trataba de controlar los músculos de su rostro que
actuaban sin preguntar. Lo que ella quería no lo conseguiría de él.
Aunque quería conseguirlo
de él.
A sabiendas de que la vida
es dura y el amor es un asco, decide dejar las cosas atrás. Evitar ese manojo
de sentimientos que ni entiende ni quiere, ceder a los encantos y peticiones de
otra persona que no la hacía sentir así, dejar la semilla plantada en un lugar
oscuro esperando se pudra y no crezca, donde dejando de recordar un día
volvería a encontrar solo porque el olor de putrefacción la haría limpiar. Debía
dejarlo ir. Eso haría, susceptible a daños no, ella no, ella ha pasado por
tanto que ya no cree seguir.
Es lo divertido del asunto,
piensa con ironía. Él ya dio tantos golpes al mismo lugar que había dejado tan
agrietado el mármol –material del que ella se había cubierto- que ese beso, esa
noche, esa indiferencia y frialdad que él mostraba, había terminado rompiendo
todo lo que ella era.
“Esta…” se prometió “esta
quiero sea la última vez que piense en él”. Pero de antemano sabía que se
mentía a sí misma.