miércoles, 5 de marzo de 2014

Nostalgia: Capítulo 11



Capítulo 11


- Cásate conmigo.- Matt esta delante de mí, entre nuestros rostros hay unos cinco centímetros, y logro ver mi reflejo en sus ojos.
- Si.- Digo sin pensarlo dos veces. Besa mi frente y nos volvemos a dormir.



Matt:

El desayuno está en la cocina.
Ve a casa por las maletas, no olvides los boletos.

Jade


Le deje una nota en la mesa de noche, porque me fue imposible despertarlo en la mañana, de por sí tiene un sueño pesado, y más si tomó una noche antes.

Todo el día eh tenido esta extraña sensación de felicidad en el estómago, técnicamente ahora estoy comprometida con el mismo hombre que odiaba hace 8 años, y eso me hace feliz. Sonrío mientras me siento en la silla girable de mi  oficina, en la puerta hay un letrero dorado que dice “Jefa de finanzas. Jade Jiménez”

Faltan mínimos 10 minutos, para poder retirarme e irme a la boda de Kale y Ria, escuche en la mañana la noticia que la famosa escritora Mariana Evans se casara el Sábado con un hombre del que no se sabe su nombre, alguien habrá filtrado la información, pero no entera.

Antes de irme actualizo algunos datos en la computadora mientras tomo un sorbo de agua. Hago las últimas revisiones para dejar todo listo antes de mi ausencia, la secretaría llama.

- Señorita Jiménez, hay un hombre que quiere verla, él… dice ser su prometido.- Este idiota.
- Déjelo pasar.- Digo con la rabia atorándoseme en la garganta.

Cuando entra, no lo miro y solo se sienta en uno de los sillones frente a mi escritorio, tecleo algunas cifras.

- Tengo una imagen que mantener, no puedes venir aquí a pavonearte como “mi prometido”.- Le digo sin dirigirle la mirada.
- Pero, soy tu prometido.- Se quita las gafas y la gorra.
- Eres un cínico.- Casi se lo escupo, lo volteo a ver a los ojos, y es como si al instante recordara que yo estaba, hasta hace unos minutos eufórica.
- Hace tiempo que quería venir a tu oficina, verte trabajar.- Me mira lívido. Y aparto la mirada.
- Saldré enseguida, puedes esperar en el auto.- Cálculo algunas cifras.
- ¿Por qué me dejaste tan fría nota en la mañana? – Me dice algo berrinchudo.
- ¿Qué esperabas?
- Un “Matt: El desayuno está en la cocina. Ve a casa por las maletas, no olvides los boletos. Te amo. Jade.” Mínimo.- Juega con las gafas oscuras en sus manos.
- Parece que no me conoces.- Rio un poco, porque él hace que la tensión que genero se disperse.

Suena mi teléfono, un recordatorio, de los que suelo poner para que las fechas importantes no se me olviden.

- Mierda.- Susurro con la mirada fija en el celular.
- ¿Qué pasa? – Me dice entre preocupado y distraído.
- Mañana es la cita con el doctor.- Digo mientras cierro las cifras, las guardo y comienzo a apagar la computadora.
- Ya me siento bien, además es sábado… Iremos cuando regresemos.- Le lanzo una mirada fulminante.
- Le llamare al doctor.- Mientras lo hago él juega un poco la silla que es igual que la mía. Suena el tono y una mujer me contesta.
- Buenas tardes habla al Hospital San Martín. Dr. Rodríguez, ¿en qué puedo ayudarla?
- ¿Podría comunicarme con el doctor? Por favor.
- Un momento.- Espero durante dos minutos y luego la voz cansada del doctor me contesta.
- Buenas tardes.- Me dice.
- Buenas tardes, doctor, soy la novia de Mateo Miramar, verá, mañana tiene cita con usted, sobre los resultados de los análisis, pero hoy en la noche salimos de viaje. Me preocupa que tenga algo y viajemos, podría usted…- No tengo que decir el resto porque el doctor ya me está contestando.
- El señor Miramar no presenta ninguna anomalía en sus análisis, todos están bien, tengan un buen viaje.- Y cuelga. Supongo que un doctor siempre tiene prisa.  

- ¿Qué dijo? – Me pregunta recargando su mentón en el filo del escritorio.
- Que todo está bien.- Le digo con una sonrisa.
- Entonces ¿ya nos podemos ir? – Me dice como un niño.
- Si.- Me pongo el saco, la bufanda y el gorro, tomo mi bolso, y Matt se pone el saco que traía en manos, así como su gorra y lentes. Nos tomamos de la mano y se estira para abrir la puerta.

Cuando la abre, dos o tres personas caen debido a que estaban recargadas en la puerta tratando de escuchar lo que decíamos. Los miro furiosa. Dos segundos después ya no hay nadie en el piso. Matt y yo continuamos caminando fuera de mi oficina.

Cierro con fuerza la puerta y nos miramos cuando el enciende el auto.

- No escucharon nada.- Me asegura.
- Eso espero, por tu propio bien.- Le digo algo enfadada, y él me pasa una mano por la cabeza, acomodando el gorro.

Arranca, el camino acaba de ser limpiado de la nieve y aún sigue cayendo, son las seis y cuarto y parece como si ya fuera media noche, esta oscuro. El camino al aeropuerto es algo largo, porque tenemos que pasar por varias ciudades igual de pequeñas que la nuestra para llegar. En todas está nevando.

- Este otoño está muy frío.- Casi lo susurra. No le contesto, estoy cansada y mis ojos se quieren cerrar.

Cabeceo, pero me obligo a seguir despierta porque hay una nevada y no quiero tener un accidente. Finalmente, siento con Matt me acomoda la cabeza hacia atrás y la recarga en el respaldo.

Lo siguiente es Matt despertándome.
- Linda, ya llegamos.- Me dice dulce. Acaba de estacionar la camioneta, y la nieve sigue cayendo. Me despabilo, me quito el cinturón de seguridad y compruebo la hora son las ocho, y nuestro vuelo sale nueve y media. Miramar ya está al lado de mí, abriéndome la puerta y ofreciéndome su mano para bajar, la acepto, porque aún me siento dormida.


Esperamos que llamen al vuelo 09860 a Japón.

Cuando Miramar es obligado a despojarse de su anonimato en el aeropuerto para pasar la revisión, la gente suelta pequeños susurros de conmoción y las chicas suspiros y gritos de alegría. Me ignoran.

Es un fastidio cuando las cámaras llegan y sueltan una lluvia de flash en nuestras caras, Miramar parece estar bien con ello, yo aparto la cara evitando que mi cara se propague como la proclamada novia de Mateo Miramar, Matt no suelta mi mano.


El avión es un somnífero para mí, y caigo dormida en cuanto el avión está en el aire y me acomodo en el hombro de Matt. Siento como me soba la mejilla del dorso de su mano, es suave y lo hace delicadamente, gira la cabeza sobre la mía, y me roba dulcemente un beso.

- Perdón, te desperté.- Me dice algo enfadado consigo mismo y al mismo tiempo conmovido de mi rostro.
- ¿Falta mucho para aterrizar? – Giro mi rostro hacia el suyo, pero no me retiro de su hombro, por lo que veo su mentón definido mientras se gira a su reloj.
- Una hora. ¿Quieres discutir la boda? – Me dice con tono serio, pero no puede evitar soltar una sonrisita, se me colora la piel, pero igual rio. Me quito de su hombro y me recargo en la ventana, todo está silencioso, parece que la mayoría de la gente está dormida.
- ¿Qué boda? – Trato de parecer distraída. No lo logró. Solo me sonríe, se acerca a mí rozando mis piernas con sus grandes y cálidas manos, espero un beso, pero solo me abraza por la cintura, permaneciendo en mi pecho.
- La nuestra.- Me susurra rozando sus labios con mi clavícula.
- ¿Qué tendríamos que discutir? – Le pregunto jugando su cabello. Dios, como me gusta su cabello, respiro su olor.
- ¿Cuándo será? – La pregunta hace que mi corazón vaya deprisa.- Tu corazón… late rápido.
- No es de tu incumbencia el ritmo de mi corazón.- Le digo más agria de lo que quisiera. Se levanta y me mira a los ojos, parece arrancarme el alma.
- Tu corazón me pertenece, es de mi absoluta incumbencia.- Me arrebata otro beso, en la barbilla. Agacho la mirada, con la cara hecha un tomate y apunto de besarlo.

Me toma la cara entre sus manos y me obliga a mirarlo, no soporto más esto, enredo mis dedos en su cabello.

- Y el tuyo a mí.- Me acerco y lo beso, no es, hasta que escucho el taconeo de la azafata que lo corto, y él se irgue en su respaldo, me toma de la mano y la estruja con cariño.


- Para la próxima será en primera clase.- Se queja y se estira de la espalda, es muy alto.
- Te la pasas sentado todo el día, ¿cómo te pudiste cansar? – Le digo mientras caminamos a la salida. Las personas lo miran entusiasmadas.
- Al menos algo salió bien de este avión.- Me dice y lo miró preguntándome el qué. Me contesta.- Puedo decir que te bese en el aire.

Mi piel se colora y su mirada me penetra sin permiso, trato de sostenérsela en nuestros típicos retos de miradas, aunque tenemos que seguir caminando y eso impide que sigamos. Me toma de la mano, y se pone los lentes.


En el mismo hotel donde nos hospedamos la última vez, pero diferente habitación, además de que ahora solo es una. El aire me hace sentir tibia y fresca, es un excelente clima que define la primavera de excelente manera. Me recargo en el barandal y admiro el mar, es precioso, de un color verdoso y limpio.

Miramar llega por detrás y me abraza, sujetando mi cintura y atrayendo mi cuerpo a él, recarga su barbilla en mi coronilla y tomo sus manos que tocan mi abdomen, y mis dedos aprietan sus huesos y venas.

- Me gusta el mar…-Confieso en un murmullo.
- ¿No querrás decir “me gusta Miramar”?.- Suelta una risa que me hace sonreír.
- También.- Contesto entre risas, y me giro para quedar frente a él, mis esplendidos tacones de puente de corcho, me permiten abrazarlo y escuchar el ritmo de su corazón, se acelera al igual que el mío. Desplazo mi mirada hacia arriba y sus ojos me atrapan admirándolo.

Pasa sus manos por mi cabello, son cálidas y sudan cuando están conmigo, las deja en mi cuello, y mueve los pulgares alrededor de él, no aflojo mis manos que se enrollan en su cintura, juntamos nuestras frentes y cierro los ojos, justo antes de que me bese, tan tierno como siempre, y tan delicado como nunca nadie va a ser conmigo.

Nos metemos a la habitación, y nos recostamos uno a lado del otro, y nos quedamos dormidos en unos segundos.

Cuando despierto es por el olor de la comida, son las 8 de la mañana y Miramar me mira desde arriba, alza mi barbilla y me besa la nariz. Que la vida se detenga.

Que nada se mueva de este momento… lamentablemente uno no puede ser tan egoísta como para pedir el tiempo para sí mismo, si siguiéramos en ese momento, nada me mataría y la soledad no me diera tanto miedo como una niña de ocho años temiéndole al monstruo del armario.

Miramar, me a pánica el hecho que ya no estés conmigo, que ya no existas y que solo por tus libros te recuerde, a veces, aún si no lo quiero, lloro.  Escasas fueron las veces que llore junto a ti, pero fueron suficientes para que supiera que no hay nada como tus consuelos silenciosos, y llenos de ternura… ahora no me queda nada de eso.


Mariana Evans viste un vestido blanco que no es largo, y ni un poco elegante, deja ver sus piernas y sus tacones son bajos a comparación con los míos, ahora me ve, y me incomoda, porque es como si me enviara señales que no sé interpretar. Lleva un ramo de flores tan sencillas que uno pensaría que han sido cortadas de la pradera, de aquí cerca de la playa.

No es más que una boda civil, como ahora se acostumbra, hay pocos invitados, y en su mayoría somos jóvenes, cuando el notario les da permiso de besarse después de firmar los papeles, nos levantamos de nuestro asiento y les aplaudimos. Hay algo en mi pecho, algo como orgullo o tal vez estoy muy conmovida, y Matt lo nota y me pasa un brazo por los hombros.

El mar no podría estar más hermoso, con su espuma y es el fondo perfecto para una boda como esta, Kale sonríe todo el tiempo, a todos y por todo, se nota como el hombre más feliz del mundo. Cuando nos acercamos a felicitarlos, abrazamos a ambos.

- Un día te torcerás un pie.- Me regaña Ria, la veo avergonzada, como si mi madre me regañara.
- Le encantan sus zapatos.- Le dice Miramar cuando termina de abrazar y hacer un “saludo” de hombres con Kale.- Y a mí también.- Confiesa después de una pausa.

Después de todo me vería diminuta entre los 170 y 190 centímetros que parece ser el rango en este lugar.

En las mesas redondas hay copas de champaña y pequeños vasos para tequila, nos sentamos junto a unos chicos a los que Miramar conoce bien, y creo reconocer de mi primera visita aquí, más sin embargo llevan como acompañantes otras chicas, se ven obedientes y no hablan nada, ni hacen más que espolearse la nariz, y comprobar su maquillaje en un espejo.
Me ven extraño, cuando entro en la conversación, sigo siendo fría así que no contesto más que con monosílabos y pequeños gestos, en algún momento alguien comienza a atacar nuestra relación, y solo rio, porque Miramar hace chistes sobre todo, y siempre sabe cómo hacerme reír.

La cena se compone de un banquete completo, y para ese momento el sol ya no alumbra el mar y la marea comienza a subir, hay menguante, casi tan lejana que uno no la notaría sin mirar dos veces.  

Después de cenar se hace un brindis, y todos comienzan a platicar libremente de todo. Ria me vuelve a mandar señales, y aprovecho un momento de aburrimiento para irme de allí hacía los sanitarios en la parte del hotel, camino por un sendero de piedras que me incomoda por los zapatos, cuando me estoy lavando las manos, y veo mis ojos, Ria está detrás de mí, se sienta en uno de los lavabos sin temor de ensuciar su vestido, cruza las piernas y me mira. Me seco las manos con una toalla.

- ¿Ya te lo propuso?- Me pregunta sin ningún preámbulo.
- Si.- Contesto, siento un escalofrío recorrer mi espina dorsal.
- ¿Cuándo será?
- Aún no hemos hablado de ello.- Tiro la toalla mojada a la basura y me giro a verla. Hay una larga pausa en la que considero salir de allí.
- Felicidades.- Me dice, con una sonrisa en el rostro, llena de amistad.
- Gracias.- Le contesto tratando de imitar su gesto. Baja del lavabo e increíblemente su vestido no está mojado.

No decimos más y salimos del sanitario hacia la fiesta.


Kale le embarra pastel en la cara a Ria, quien ríe a carcajadas, y le hace lo mismo, estamos conmovidos de la escena, y reímos felices de su felicidad. El pastel es particularmente dulce, lo que hace que Miramar lo pruebe, haga gestos y lo deje en el momento, lo miro es un niño pequeño.  Por debajo del mantel, pone su mano en mi pierna y alzo mi mirada hacia él, su expresión es plana, pero su mano está sudando, pongo la mía sobre la suya, y agacho la mirada hacia el pastel, que ahora me parece amargo.

Nos levantamos de nuestro asiento a socializar con algunos de los conocidos de Matt, y una de las chicas que tiene rasgos finos de asiática, de la cual no conozco su nombre, mira mi cuello, y se le iluminan los ojos.

- Que bonita.- Dice en inglés, pero con un remarcado acento. Señala la esmeralda de Miramar.
- Gracias.- Trato de sonreír. Miramar y yo, intercambiamos miradas, y me hace ruborizarme.

Antes de terminar la noche Kale llama a un brindis. Se levanta de su asiento y obtiene la atención de todos.

- Gracias por acompañarnos, en este día tan significativo.- Toma la mano de Ria con extrema delicadeza.- Nunca espere casarme.- Se alza una risa en la multitud.-Y espero no volver a hacerlo.- La mira.- Esta es nuestra última noche en este país, me han ofrecido un empleo en la NASA e iremos a América.- La conmoción nos hace callar.- Y ha sido magnifica, esta nuestra última vez. Gracias amigos.- Hace una pausa en la que nos mira a todos detenidamente, se detiene en nosotros.- ¡Vayan apartando fecha para la de Matt! – Dice emocionado, y señalándonos. Me ruborizo cuando todos nos ven, y aplauden.- ¡SALUD! – Grita emocionado.- Por la juventud.- Susurra, y bebe de su copa, al mismo tiempo que todos.


Me quito los zapatos, y camino por la arena, el agua esta helada, así que la evito a toda costa. Matt pasa el brazo sobre mis hombros, su aliento huele a alcohol, y sospecho que caerá en cualquier momento.

- ¿Te conté alguna vez, como conocí a Kale? – Me pregunta, aunque no espera mi respuesta.- Teníamos 6 años, su padre es dueño de una importadora.- Me hace un desliz de “mucho dinero”.- Y mi padre hacia negocios con él, por parte de la imprenta. Cuando mi mamá no me podía cuidar por estar en el hospital, iba al trabajo con mi papá, y Kale paso su infancia en la oficina de su padre, “aprendiendo el oficio”, siempre ha sido muy maldoso, así que cuando derramo leche con chocolate sobre papeles importantes de su padre, me acusó a mí.- Se señala con su mano libre y suela una sonrisa irónica.- Aunque después se enteraron que fue él, ¡¿Cómo iba yo a estar tomando leche con chocolate?! – Se ríe, y estoy convencida de los efectos del alcohol sobre él.- Después de pelear, jugamos videojuegos, y nos hicimos amigos, lo enviaron aquí cuando cumplió 15.- Su rostro cambia de expresión.- Me ayudó mucho cuando perdí a mi familia, es mi mejor amigo.- Se dibuja una limpia y conmovedora sonrisa en su rostro.


No sé porque pero pienso que Matt se siente algo solo en estos momentos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario