Hacia ya tanto tiempo que Miranda no recordaba aquella experiencia, esa
que la había orillado a tantas cosas, esa que había definido tantas cosas de su
vida. La que probablemente fuera la razón de su muerte en un futuro.
Se recordaba a ella misma regordeta, pequeña y frágil, como la niña
llorona de 4 años, vestida de manera chistosa y con dulces en la boca,
escuchando las risas de sus compañeros, ¿de qué se reían? De ella, de su
físico, o de sus ojos tras las gafas de fondo de botella, ¿de qué se reían?
Miranda Santiago, salía del agua en la que había estado nadando las
ultimas dos horas sin parar, el agua resbalo por su, ahora atractivo cuerpo,
una joven de 19 años, con cabello castaño en rizos cubriéndole apenas una
porción de cuello, y sus oscuros ojos negros, un par de ojos, tan profundos que
solo se ven una vez en la vida. Quería olvidar el dolor de su infancia, la
tremenda molestia que le surgió de improviso, la hizo arrugar el ceño y
dirigirse a los vestidores, apartándose de la vista de los espectadores de la
alberca pública.
Se calmo a ella misma, diciéndose que todo estaba bien, pero estaba más
que consiente, que no lo estaba. Su familia había sido brutalmente asesinada,
hacia ya 14 años. Su madre Carla embarazada de la pequeña Jenny, su hermano
mayor Tómas y su padre Roberto.
A menudo Miranda se preguntaba por que había sido la única que
sobrevivió aquella noche, ¿destino? ¿Suerte? ¿Coincidencia? ¿Qué era? Y ¿por
qué? ¿Por qué su familia? ¿Por qué sus padres? ¿Por qué la pequeña Jenny? ¿Por
qué su hermano? ¿Por qué?, ¿por qué las personas más inocentes, mueren? Eran incógnitas que seguro Miranda nunca
contestaría, porque seguro que toda la gente que a sufrido eso, lo sabe, y lo
ha sentido, ha sentido esa oscura soledad en la uno se encuentra con apenas
pensar en la muerte. Es que ¿acaso tenían que arrebatarle algo tan preciado a
tan pequeña edad? No era justo.
Y ¿por qué después de haber sido abandonada, la tomó esa familia,
poderosa y millonaria? ¿Por qué ese sucio padre adoptivo la violo todas las
noches, hasta el día de su muerte? Y ¿por qué en el momento en que acuso a esos
asquerosos seres, nadie le creyó?
-Miranda Santiago… Hace tanto no verte yo.- La que hablaba, era una
rubia, de ojos azules, gringa, que apenas y podía hablar español.
-Tamara.- Miranda la observo con ojos espontáneos, y llenos de
incredulidad. Su mejor amiga sin duda, una rubia torpe que no sabia ni como
caminar, y bruta en las relaciones, pero la única que había creído en sus
palabras. Se apresuraron a abrazarse como un par de hermanas que no se habían
visto en años, porque así era.- Santo cielo, ¿qué hace una chica de tu clase en
una alberca pública?
-¿De mi clase?.- Repitió confundida.- He venido a buscar a ti.- Dijo
aún con los ojos confundidos. Miranda respondió con una suave sonrisa.
-Voy a cambiarme, y ahora vuelvo.- Se dirigió a los vestidores, donde
se lavo del cuerpo todo el cloro de la alberca. Se apuró a vestirse y salir en
busca de su amiga.
* * * * *
-Me he metido en problemas.- Miranda dejó la taza de café en la mesa,
se sorprendió de lo bien que su amiga había pronunciado esa frase, y al mismo
tiempo se preocupo. Tamara se puso nerviosa de un momento a otro y el sudor
empezó a corromper el maquillaje que llevaba en el rostro. Estiro la mano y
deslizo una libreta de notas sobre la mesa, en dirección a Miranda.- Yo
necesitar tu ayuda.
-Tamara, ¿qué hiciste?.- Miranda la miro con la misma mirada
disciplinaria de siempre, con esos ojos profundos como el mar.
-Recuerdar tu, a Albert italiano, al que yo conocer en un bar?.- Mostró
una mirada llena de nostalgia, al mencionar el nombre.
-Claro, estabas muy emocionada por la boda.- Miranda no pensó antes de
pronunciar la frase, para cuando se dio cuenta de las consecuencias era
demasiado tarde, su amiga ya mostraba indicios de llorar.- ¿Qué pasó?.- Tomo
una de las manos blancas y suaves de la rubia.
-Murió. Ya una semana, hombres de otra familia, mataron a Al.- Las
lagrimas se desplazaron por las mejillas de Tamara, y las mejillas tomaron un
toque rojo que no era por el maquillaje.- Tienes que ayudar a mi. Mir, es ser
importante, nuestra vida correr peligro, yo sentir meterte en esto.- Los ojos
de Miranda nunca se habían abierto tanto.- Se que podrás hacerlo por mi.- Su
amiga no dejaba de desplazar lagrimas por los ojos.- Recuerdas que de niñas,
justicia por nuestras manos tomar.- Recuerdos muy distantes llegaron a la mente
de Miranda, e ignoro el más importante de ellos.
-¿En qué quieres que te ayude?.- Tomo aún más fuerte la mano de su
amiga.
-Todo lo que tener que hacer, esta acá.- Y señalo con los ojos la
libreta.- Podrás hacer, lo sé.
-Haría de todo por ti, pero explícame bien, ¿por qué estas tan
nerviosa? ¿qué es eso de que a Al lo mató otra familia?.- Miranda aún no
terminaba de asimilar el término “familia” para ella una familia eran sus
difuntos padres, y hermanos, pero estaba segura que no era a lo que Tamara se
refería.
-No hay tiempo. Nuestra vida correr peligro. Tener que irnos ahora.-
Tamara la miro con ojos decididos, y al abrir la boca para pronunciar las
desliñadas palabras, todo comenzó.
El sonido ronco de un auto a toda velocidad invadió el oído de Miranda,
el cuerpo de ella se movió solo, y su cuello volteo automáticamente hacia la
calle, a la que daba el café, se escucho el sordo sonido de las balas, como
cuetes, el sonido de las tazas de los vasos, de los platos cayendo al piso y
rompiéndose al instante, todo sucedió en una milésima de segundo. Y entonces
fuertemente el cuerpo de Miranda recibió 2 golpes de bala, uno en la pierna que
había colocado firmemente en el piso, y otro en el brazo que utilizó para
proteger su pecho, el dolor era tan enorme, tan desgarrador, como si la misma
bala llevara fuego, como si llevara dolor y lo inyectara, Miranda cayo al suelo,
cubriéndose la cabeza, la libreta voló unos centímetros lejos de donde se
encontraba ella, los vidrios no dejaban de romperse, el lugar fue inundado por los
gritos de señoras asustadas y el llorar de los pequeños. De repente Miranda la
vio, a su amiga muerta en el piso junto ella.
Se olvido del dolor de las balas, fue como ya no sentirlo, porque
parecía demasiado débil a diferencia del que sentía su corazón, verla allí con
los ojos aún llenos de lagrimas, con los azules ojos aun sorprendidos,
apagados, llenos de muerte, las mejillas perdiendo el rubor natural que apenas
habían adquirido, el sentir frío que emanaba de aquel cuerpo muerto, de aquel
recipiente, de su amiga, el sonido se apago, se mareo, se asqueo, y las
lagrimas corrieron por su rostro. ¿Hacia cuanto que Miranda no había soltado
una lagrima?. Tomó el cuerpo de su amiga en sus brazos, lo miró, le quito el
rubio cabello de la cara, y la lagrimas de las mejillas, y lo abrazo penando su
muerte. Y se escucho otro frenón, Miranda miró la libreta tirada en el piso,
giró los ojos en un segundo, tomó su mochila, y guardo la libreta. Y recordó
las palabras de Tamara “Tener que irnos ahora” se escucho el deslizar de una
puerta de camioneta, y el reír de hombres. Miranda soltó la ultima lagrima por
Tamara y de un segundo a otro le dio un fugaz beso en la frente, dejando el
cuerpo inerte en el piso, sobre los vidrios rotos, apresurándose a correr,
escucho disparos tras ella, y sintió la adrenalina subirle hasta la boca, no
sabía como podía mover la pierna con un disparo de bala, y no sabia como podía
correr tan rápido entre tanta gente. No lo sabía. Nunca había sentido ese
fuerte empujón, ese de querer salvar tu pellejo a toda costa.
-La chica que estaba con ella. ¿Quién era?- Pregunto un hombre alto,
fuerte de ojos cafés, y de una cabellera profundamente negra, sostenida hacia
tras con ayuda de mucho fijador, moreno, con una cicatriz en forma de “X” en la
mejilla izquierda, con manos tan enormes como las de un oso, cubiertas por
blancos e impecables guantes, en una de ellas sostenía un arma. Se acuclilló
junto al cuerpo de Tamara, lo miró con ojos tan fríos como un iceberg, tomó la
pequeña y blanca cara en una de sus manos. Trono su lengua.- Mi querida Tami,
realmente creíste que podrías escapar de la herencia de tu querido Al. Que pinché
desperdicio, estabas muy buena.- Golpeo el cráneo del ya muerto cuerpo, contra
el azulejo, y no se detuvo hasta ver los huesos de este destrozados, mientras
lo hacia, soltaba una risa macabra. Los otros hombres trataban de ignorar
aquella acción, mientras uno entre todos se reía, rubio y de ojos azules, de piel
quemada y sonrisa del demonio, sostenía un arma aun más grande que la de todos,
y los ojos mostraban un desequilibrio mental poco común.- ¿Qué esperan? ¿A LA
PINCHÉ POLICIA?! ¡¡¡PONGANSE A LIMPIAR ESTE DESASTRE!!!- Todos obedecieron a
“el diablo” como se le conocía al jefe de la mafia de Guatemala, que por demás
resaltaba ser mexicano, Humberto Mararca. Un hombre tan malvado, que hasta el
mismo diablo lo regreso del infierno.- No quiero testigos.- La gente que había
permanecido en el piso, rogando por que no les pasara nada, fue arremolinada en
un rincón del café, y brutalmente asesinada, se escuchaba el llorar de un bebé.
-Jefe, que hacemos con el niño?.- Preguntó un joven.
-Dije, que no quiero testigos. No seas puto y mátalo.- Ordeno con voz
seca.
-Pero… jefe es un bebé.- Apenas termino la oración, su cabeza estalló
debido a una bala, disparada por su “jefe”. El cuerpo ya muerto cayo al piso.
-¿Alguien más?.- Preguntó el diablo, bajando la pistola.- ¡¡MATEN AL
MALDITO CHAMACO!!- Grito en señal de tener el poder.- ¡¡Y ENCUENTREN A LA PERRA
QUE ESTABA CON ELLA!!- Con esa ultima orden, salió del café, y le abrieron la
puerta de una camioneta, a la que entro impaciente por dejar la escena del crimen.
* * * * *
-Mija despierta.- La señora Inés, una mujer que conocía a Miranda desde
hacia unos años, cuando ella había llegado al barrio, tomaba su frente con
extremo cariño maternal.
-Doña Inés… ¿qué paso?.- Se sostuvo sobre sus codos, mientras se
levantaba lentamente.
-Pus eso es lo que quisiera saber, mijita. Escuche que te metiste en el
pleito del centro.- La mujer la miro, y de repente al decir pleito se puso
nerviosa, como si hubiese visto a un muerto, palideció, su viejo y arrugado
rostro y se mostró claramente preocupada.- Esa gente, no es Dios.- La mujer se
levanto y le dio la espalda a Miranda. Quien apenas se daba cuenta que el dolor
mortífero que había sentido, se había calmado, observo las vendas.
-Gracias Doña Inés.- Miranda sonrio a la vieja espalda.- No se que
hubiese hecho si usted no me hubiera encontrado.- Se sintió segura, en manos de
la señora.
-No me agradezcas mija.- Miranda estaba apunto de decir “No, en serio”
pero la señora no dejo de hablar.- Dios me perdonara del daño que te voy a
provocar, esa gente, me da miedo, saben todo sobre todos, y pus aquí en el
barrio hay muchas broncas, creo que ambas preferimos esto, a que se metan con
los chamacos.- La señora volteo el rostro a Miranda, y le dedico una mirada
entristecida hasta los huesos.- Ya pueden pasar.- Al instante 6 o 7 hombres,
enormes en tamaño y de aspecto bastante mexicano, algunos tatuados de los
brazos, y otros de aspecto salvaje, rodearon a la Miranda acostada, indefensa.
-Doña…- Apenas alcanzo a pronunciar, mientras la señora abandonaba la
habitación, susurrando “Que Dios te tenga en sus manos”. Un hombre aun más
grande y mucho más salvaje que todos juntos de los allí presentes, camino
haciendo temblar la tierra, mientras todos procuraban no verle a los ojos. “El diablo”
Mararca, llevaba sobre los hombros un abrigo de peluche en la gorra, y la
cicatriz característica de su cara se hacia notar, esa “X” en la mejilla
izquierda. Miranda tembló, se sintió pequeña ante ese hombre, su cuerpo no se
movía, ¿Qué iba a hacer ahora? Claro estaba, morir, iba a morir allí porque ya
no había nada que pudiese hacer, si, tantos años de defensa personal, de
ejercitarse hasta el cansancio para que su vida terminara así. Que demonios, vida tan asquerosa que he
tenido, no la pienso acabar así. No quiero.
Una risa ronca y nerviosa se escucho en la habitación, y el foco de luz
amarilla se balanceaba de lado a lado.
- Eres la primer persona que se ríe antes de morir.- El diablo apunto
su pistola hacia la frente de Miranda.- No es nada personal, solo que tu
amiguita y su novio, me sacaron de mis casillas.- El rió fuertemente, alzando
el cuello y torciéndolo como el mismísimo demonio.
- Tami, y Al, tienen quien haga justicia por ellos.- Miranda no lo supo
hasta que lo pensó, adquirió recuerdos que había enterrado hacia mucho tiempo,
y recupero aquella soberbia y aquel sentimiento de justicia. Si nadie viene a salvarte, sálvate tu sola.
No, no supo como estiro la lastimada pierna y pateo la mano de aquel hombre,
haciéndolo soltar la pistola, y tampoco supo como maniobro para tenerla en sus
manos. Si, era la primera vez que sostenía un arma en sus manos, pero la
sostenía como si hubiese nacido con ella, se puso de espaldas a la ventana de
la habitación, y apunto a todo aquel que se movía.
-No, gueyes, no voy a morir ni aquí ni ahora.- Estiro el brazo hacia su
mochila, que estaba sobre un buró, y se lanzo de espaldas hacia la calle. Cayo
sobre su espalda, sintió un retortijón de dolor en el cuerpo, un espasmo que
recorrió cada célula de su organismo, y después la adrenalina la hizo estirar
sus dedos hasta la pistola que se hallaba
a unos centímetros suyos, así como su mochila. Se levanto difícilmente,
pero apoyada de las voces y balazos de aquellos hombres. No quería morir, y
entonces corrió, como nunca, no le importaba hacia donde, solo quería correr.
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