Capítulo 1
Fue un Miércoles… el sol se estaba poniendo, las nubes no habían tapado
todo el cielo, raro para un día de Otoño en aquella ciudad, y estaba caminando,
por que el doctor había dicho que mejoraría más rápido si caminaba un poco, mis
pies estaban distantes del frió piso gracias a mis queridas pantuflas de orejas
de ratón y que tu estabas allí, sentado en la sala de espera, solo estabas tu,
raro en un hospital, incline mi cabeza y te observe detenidamente. Estabas
sentado justo allí con tu bonito cabello negro, tus ojos lapislázuli, y tu
cuerpo de adolescente, pienso que en ese momento, yo no era más que una niña,
que pensó que hablarte sería buena idea.
Cuando me fui a sentar cerca de ti, mis pies apenas alcanzaban el piso,
y tus largas piernas estaban estiradas, mientras leías ese libro tan grande e
incomprensible para mí. El rubor subió por mi cara, confortando mi cuerpo en
una calida sensación. Sentí vergüenza, al pensar en hablarte, solo era un poco
tímida.
“Hola” ¿Mi infantil y aguda voz, había llegado hasta ti en ese momento?
No lo se… por que nunca te quitabas los audífonos de los oídos. Fue cuando me
dispuse a tocarte, con apenas la punta de mi pequeño dedo. A través de la yema
de mi dedo, se transfirió el calor de tu cuerpo al mió, me conforte.
“¿AH?” Había sido tu primera frase hacia mi, había sido lo primero que
me dedicaste, mis ojos rodearon tu hermoso semblante. Deslizaste tu mirada,
estudiando a la pequeña extraña criatura que te había tocado. Cuando tus ojos
intensos me miraron directamente, me sentí extrañamente relajada, por que pude
ver, que eras una buena persona.
No fue allí cuando me enamore, fue mucho después. Pero aun cuando
recuerdo ese día, cuando miro el cielo del atardecer, y recuerdo tus ojos, aun
me pongo a llorar, como si tu funeral hubiese sido hace un par de horas.
Aún cuando me dicen tu nombre, o cuando a alguien por puro simpatizar
te menciona con algo de alegría, cuando veo a alguien con una melena negra,
cuando escucho tus miles de lista de reproducción…todavía cuando voy a tu
tumba, las lagrimas se escapan de mis ojos en contra de mi voluntad, y siento
un fuego intenso en mis ojos.
Tu partida había dejado algo en mí, y se había llevado tanto.
Había dejado, un corazón roto, un sueño desvanecido y un alma vacía.
Cosas que a la mayoría, le importaría un pepino. Cosas que a la mayoría,
le parecerían superficiales. Y por sobre todo que les parecerían inútiles y
cursis.
La caja de las cartas esta intacta, así como la dejaste, y también tus
libros, nadie los ha leído más que yo. Y en gran parte de ellos, más de una
vez.
Siempre me escribías poemas, y los pegabas en la puerta de la
habitación. Siempre limpiabas mis desastres y me defendías de los profesores, y
sobre todos los abusivos. Siempre andabas por allí protegiéndome. Queriendo ser
mi “príncipe”. Queriendo jugar al cuento de hadas.
Lo siento mucho… sigo siendo tan inútil, como en aquel entonces.
Perdóname por ello… Solo te causaba problemas. Cuando tú eras más
frágil que yo.
¿Por qué gente tan buena, tenia que morir? A veces desearía que
estuvieses aquí conmigo, diciendo que tan inútil era la política, y como el
mundo estaba podrido, contándome cuentos, escribiéndome cartas, y dedicándome
tus libros. Se que nunca pude terminar de entender lo que eran tus libros, que
nunca entendí del todo el argumento, y que siempre terminaba desesperándome por
leer el final, que siempre te anduve molestando, preguntándote en que terminaba
la historia, aunque siempre tuve la impresión que eso te gustaba, recuerdas que
me ponías la mano en la cabeza, y me decías “llegara el final, más rápido de lo
que crees”.
Siempre que leía tus libros, pensaba en nuestros momentos, y como
decías que toda tu inspiración era gracias a mi, me hacia feliz que cada noche
nos abrazáramos, compartiéramos calor, me leyeras uno de tus cuentos, hasta que
me durmiera, y me encantaba que a la mañana siguiente ya estuviéramos en la
cama dormidos, placenteramente uno a lado del otro.
Todo cambio cuando te ingresaron al hospital. Pero de alguna forma
seguía siendo tan feliz como podía serlo. No me importaba que los doctores solo
me dejaran verte en horarios especiales. No me importaba que tuviera que
esterilizarme para entrar contigo. Me aprendí tus cuentos para poder contártelos,
ya que no me dejaban meter libros.
Odio recordarte, como el enfermo postrado en una cama, pálido, sin
energía, pero siempre lograbas con esfuerzo decirme alguno de tus chistes
malos, dedicarme una sonrisa, una palabra y hasta una de tus miradas firmes.
Matt, quiero que sepas que hasta el ultimo momento en el hospital te
ame. Quiero que sepas que nunca voy a dejar tu recuerdo atrás. Y aunque todos
se aferren a decirme que te deje ir. No lo haré, por que se que a ti te gusta
aquí, estar conmigo, compartir nuestro calor. Mirarnos sin decir nada, por que
no hay necesidad. Abrazarnos sin razón alguna. Besarnos de esa forma tan
tierna. Rozar nuestra piel, en un débil intento de estar juntos en nuestro
pequeño mundo, en nuestro compacto, y único mundo en el que solo cabíamos
nosotros y nuestros sentimientos. No había lugar para el odio, la envidia, el
enojo, solo para el egoísmo mutuo, nuestro amor, nuestra amistad, y solo eso, y
nada mas. Sin des motivaciones o sueños rotos, sin forma alguna de corromper
nuestro lazo. Sin entrada a alguien externo.
Solo… nosotros dos.
Oye, Matt, ojala estuvieras
aquí, para decirme las razones por las que no debería de llorar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario