CAPITULO 3.
Miranda colgó el teléfono, y se llevo la mano buena al tabique, para
sobarlo con la esperanza de que el dolor se calmara, la cabeza le daba vueltas
una y otra vez, en los bordes de sus ojos, había luces rosas y blancas bailando
e impidiendo su vista, volvió a bostezar. Sintió el palpitante sentimiento de
que había alguien viéndola desde atrás. Recordó que en la parte de atrás del
cepillo que había comprado, estaba un pequeño espejo, esculco en su mochila
hasta encontrarlo, quiso parecer natural al sacar el espejo y mirarse, detrás
de ella había varios hombres viéndola, pero no eran el mismo tipo de hombres
que en México, estos si que lucían Europeos, sintió una punzada en su espina
dorsal, guardo el espejo y se dirigió al baño de damas, con elegancia bruta,
sabía que en cuanto estuviera en un lugar cerrado, alguno de esos hombres entraría
para hacerle lo que fueron a hacerle, pero Miranda estaba harta y dispuesta a
todo para que esos hombres la dejaran en paz. Se pregunto, como es que tantos
hombres la estaban buscando, y el por qué.
Entro al baño y se incursiono en una de las divisiones, esperando, al
poco tiempo unos zapatos de hombre se asomaron por debajo de la puerta de ella,
poco a poco Miranda se deslizo por debajo de la pared divisora de un baño con
otro, y el hombre empujo fuertemente la puerta con una de sus piernas,
abriéndola bruscamente, se mostró incrédulo de ver la gaveta vacía, sus brazos
se relajaron mientras sostenía la pistola, Miranda salio apaciblemente de la
otra gaveta.
-¿Me buscabas? - El hombre reacciono alzando la pistola, y apuntando
hacia la frente de Miranda, ella fue más rápida e hizo un movimiento ágil que
dejo al hombre con la cara contra la pared y Miranda sosteniéndole el brazo en
su espalda, fuertemente, sintió como la herida de su brazo, gritaba y ardía de
dolor. Empujo con más fuerza al hombre.
-¿Quién te envió? - Miranda gruño las palabras, y al ver la mirada confundida
del hombre, supo que él no sabía ni lo que estaba haciendo. Volvió a
preguntar, pero en inglés.- ¿Quién te envió?*.- El hombre pareció entender
mejor, pero se asusto aún más cuando Miranda hizo más presión sobre su brazo.
-La familia Bianchi!*.- Respondió con esperanza de que la chica no lo
matara.- Me encargaron matar a una muchacha*.
- No sabes ni lo que es matar.- Gruño nuevamente. Miranda entendió que
el brazo no le daría para más fuerza, y con el izquierdo, golpeo la cabeza del
hombre contra el azulejo, solo para dejarlo inconciente. Tomó el arma y dejo al
hombre caer al suelo, reviso cuantas balas quedaban, y vio que el cartucho
estaba completo, se rió un poco al sentirse mareada nuevamente. Notó un papel
saliente del saco del hombre, se acuclilló y lo tomó, desdoblándolo, admiro su
rostro observando fijamente, se veía como si la foto tuviese mucho zoom, y
delante de ella se encontraba una cabeza rubia y brillante, nuevamente sintió
la nostalgia pellizcarle la mente. La foto la habían tomado antes de disparar
contra Tamara y ella, cuando hablaban sobre los problemas en los que se había
metido su amiga. Así que la gente que había disparado había enviado a buscarla,
pero si ese hombre era enviado de una tal “Familia Bianchi” y los hombres de
México eran obviamente de algún tipo de cartel, entonces había más de una
persona que la quería muerta, y no solo en México si no también en Italia,
sintió como si le cayera agua helada en la espalda, entonces ¿en dónde estaría
segura?, temió por su vida. Recordó el auto, que supuestamente la recogería.
Mientras salía del baño cojeando la pierna y sin control del brazo
derecho, se balanceaba con esfuerzo hacia la puerta, su vida estaba en peligro
y sentía el corazón en las orejas, porque el miedo invadía cada célula de su cuerpo.
La gente la observaba extrañada de su forma de caminar, y ella
los ignoraba, se aferraba a su mochila y sintió un repentino deseo de fumar,
solo fumaba cuando realmente estaba nerviosa o preocupada. Afuera frente a la
puerta estaba una camioneta grande y negra de la que salio un hombre calvo y
gigantesco, que llevaba en el saco blanco un extraño símbolo de un Lirio y una
espada, lo reconoció, supo que ese era “su recogedor”. Se trago sus deseos de
dormir, de descansar, de gritar y de fumar, caminando un poco más recta, tanto
como las heridas le permitieron, le dirigió una mirada a aquel gran hombre
desde su baja altura, y frunció el ceño, estirando la mano, con gran esfuerzo.
-Miranda Santiago, mucho gusto.- El hombre la miro durante unos
segundos, y poco a poco pero firmemente estiro la mano hacia Miranda,
estrujando su mano y dedicándole una seca sonrisa.
-Stephan. Señorita, por favor.- Pronuncio un perfecto español, y soltó
la mano de Miranda, señalándole que entrara al auto. Ella lo hizo.
*Florencia, Italia* *Conversación en Italiano*
-¡Lo sentimos mucho jefe! - 3 Hombres altos y en trajes negros, se
coordinaron para decir las palabras y agachar sus cabezas ante Miguel Bianchi,
el jefe de la familia.
-Chicos, chicos…- Se levanto de la silla detrás del escritorio y
recorrió con la mirada a sus hombres. - ¡¡¡ERA TAN DIFICIL MATAR A UNA MUCHACHITA!!!-
Grito con todo el poder de su garganta, los hombres se tensaron de la espalda.
-Pero, Migi, ¿Qué tiene una chica, para ameritar tanto interés de tu
parte? - Una joven de rostro porcelana, mandíbula fina, ojos
verdes y el cabello rojo, miraba al jefe desde el otro lado de la habitación,
sentada en un sofá de piel roja.
-Retírense.- Les ordeno a los asustadizos hombres. Y una vez que se
fueron de la habitación el volteo su azul mirada hacia ella.- Querida…
-Suspiro.- Esa chica es la siguiente en la cadena de la familia Giglio, ¿recuerdas?
La misma que mato a 5 de mis hombres y dejo la mitad de mi cuerpo marcado.-
Gruño, y frunció el ceño. La pelirroja se levanto de su cómodo asiento y tomo
una botella de vino, que abrió con delicadeza y sirvió en dos copas, estiro una
hacia el jefe, y sorbió de la suya, inclinándose para ver la foto que estaba
sobre el escritorio, la tomo e inspecciono el rostro de Miranda.
- ¿Por qué Giglio la escogió? No parece gran cosa.- Miro incrédula la
foto y luego volteo a su lado, donde ya se encontraba el jefe.
- No lo sé, pero, si lo hizo es porque es alguien grande y peligrosa.-
Miguel mantuvo su mirada en la foto, observando los profundos ojos de Miranda.-
La quiero muerta.
* * * * *
Cuando bajaron a Miranda del auto creyó que por fin podría descansar un
poco, pero la hicieron caminar por estrechos bordes de varios ríos, hermosos en
verdad pero mal olientes, nunca se habría imaginado que una ciudad podía estar sobre el mar y
hecha entre pequeños ríos. Sintió el metal del arma rozarle la piel de la
cadera, la llevaba entre su pantalón y su piel, y el enorme hombre de ojos
grises que se había presentado como Stephan, la dirigía hacia un lugar en
especifico, detrás de ella iban dos hombres, vestidos de una manera extraña, y
mirando hacia todas partes. La cabeza de Miranda zumbaba una y otra vez, y las
luces bailaban en sus ojos, desorientandola y casi impidiéndole agarrar el paso.
Empezaba a caer el sol, y el estomago de Miranda a gruñir, perfecto algo más de lo que preocuparme,
caminaban silenciosos y cruzaron un puente, entrando a una casa de fachada
rosada, grandes ventanas y puertas, además de sus dimensiones exageradas, era
la casa más grande que había visto en todo lo que había recorrido. Una bucama recibió
a Stephan y le quito el saco dejándolo en un blanco traje de negocios, los
hombres detrás de ella dejaron sus sombreros en el perchero y finalmente
Miranda pudo observar que eran lo suficientemente iguales para pensar que era
gemelos, los observo hasta que se retiraron hacia otra habitación, Stephan guió
a Miranda hacia una habitación al final del pasillo principal, tocó la madera
de la puerta bien barnizada, y una dura y aterciopelada voz dio un “pase”.
Un hombre pelirrojo con un par de lentes puestos en la inocente cara
estaba frente al escritorio sosteniendo un par de papeles.
-Fran…- Llamo al jefe, justo antes de que Miranda entrara a la habitación,
Francesco volteó el rostro dejando a Miranda apreciar su cabello contra la luz
de la ventana frente a la que estaba parado. Sin embargo ella no quito el
rostro firme y seco con el ceño fruncido. El pelirrojo volteo el rostro hacia
ambos, y miro a Miranda mostrando algo de rubor en las mejillas, pero Miranda
lo ignoro.
-Jefe, la he traído, como ordeno.- Stephan le dio un pequeño empujón a
Miranda para que avanzara un paso. El hombre giro su cuerpo sin quitar la
mirada de encima de ella.
-¿Qué no eras castaña? - Menciono con una voz algo burlona. Y en un
castellano perfecto.
-Tuve que cambiar un poco mi apariencia, para salvar mi vida. La que
creo se puso en peligro por aceptar la propuesta de Tami.- La voz de Miranda se
quebró cuando menciono a su difunta amiga.
-Así, que ella esta muerta.- Pregunto con una depresiva voz, y viendo
hacia el piso.
-Ella esta feliz.- Respondió Miranda con el conocimiento de saber que
su amiga ahora estaba con su amado.
-Tienes razón.- Por un momento la cara del jefe se ablando, para
después ponerse floja como solía estar.- Así que tu eres Miranda Santiago, o
como se te conocía de niña Miranda de la Cruz.
Miranda crujió sus dientes al escuchar el apellido que aquel hombre le
había ofrecido, y frunció aún más el ceño, las estrellas otra vez aparecieron.
-Vine aquí porque mi difunta amiga me lo pidió, eso es todo.- Escupió
las palabras con un asco y un orgullo de piedra.
-Lo sé.- El jefe extendió una suave sonrisa en su boca.- De ahora en
adelante eres mi responsabilidad. Yo también le prometí cosas de Tami.- Los
recuerdos de Francesco fueron un flash en su mente.- Hoy comienzas a ser una
Giglio. Soy Francesco Giglio, el sexto jefe de la familia Giglio. Y tu serás la
líder de mi división especial de Justicia, Bienvenida Miranda Santiago.- Ambos
dibujaron sonrisas soberbias en su cara. Mientras el jefe se acercaba con la
mano extendida hacia Miranda, el pelirrojo y Stephan se hacían a los costados,
para ver el pacto entre jefe y subordinado. Miranda en su último esfuerzo estiro
la mano adolorida, y adormecida, apenas estrujando la de su nuevo jefe. Cuando
se liberaron, el notó una sustancia viscosa en su mano, y la miro con
curiosidad, la identifico como sangre, no de el, de ella. Lo último que vio
Miranda fue la cara de su nuevo jefe incrédula ante la sangre proveniente de
ella.
* * * * *
-Ya esta estable, había perdido mucha sangre. Trato de atenderse las
heridas con analgésicos, su mochila esta llena de vendas. Sin embargo Jefe,
creo que debería de saber que la libreta de Tamara esta en posesión de la
señorita Santiago.- El alto hombre de ojos castaños y cabello rubio miró la
espalda del jefe. Francesco se mantenía viendo hacia fuera de su ventana,
atento a las balsas que cruzaban el río, ligeramente volteo la cara para ver al
doctor de la familia.
-Gracias, Alphonse. Creo que yo también tengo que descansar.- Miro al
doctor por el rabillo del ojo.- Crees que este en condiciones de ser
transportada pronto. Sabes que no podemos quedarnos mucho tiempo en esta casa.-
Su voz sonaba monótona, pero en el fondo el jefe de la familia Giglio se
preocupaba por todo subordinado suyo, y sabía que esa era la razón de ser una
familia grande y unida.
-¡¿Como va evolucionando?!.- El doctor soltó un bufido, al cual el jefe
respondió con curiosidad.- Jefe, déjeme decirle que allí tiene a una gran
mujer, recibió dos impactos de balas hace más de un día, peleo con esos hombres
y viajo de México hasta acá! Una persona normal no hubiese sobrevivido, pero
ella, aún en estas condiciones logró llegar aquí y ahora esta evolucionando de
manera increíble, tiene un gran organismo.- El doctor sonrio, como si Miranda
fuera la séptima maravilla médica.- Así como va, podrá transportarse incluso
mañana.
-Gracias, Al. Se que tiene una
gran vitalidad.- El jefe sonrio débilmente y el doctor la acepto dando la
vuelta para retirarse.
-Si, me lo permite, por hoy me retiro.- Dijo dejando la oficina-
Buonanotte, Giglio.*
-Buonanotte, Alphonse.- Susurro al aire, viendo la ventana.
La casa ya estaba oscura, y el último siempre en subir a dormir, era el
jefe, siempre se quedaba haciendo papeleo sobre algo, trataba de no hacer ruido
con los pies.
-Jefe…- Susurro una voz férrea y áspera de hombre, a la que Francesco
volvió la cabeza.
-Hey! Teo!- Aunque emocionado aún seguía susurrando, miro sonriendo a
su amigo.- ¿Qué haces despierto?
-Es que, en México es de día, aún no me acostumbro al cambio de
horario.- Dijo con una sonrisa efusiva en la cara. Borro la sonrisa y dirigió
la vista al suelo.- La chica que llego en la tarde, ¿es la líder?.- Pregunto
algo penoso.
-Si, su nombre es Miranda, pasaré a verla antes de irme a dormir.
¿Vienes?.- Pregunto amigable.
-Consiente o no, quiero conocerla.- Respondió animado y en un tono un
poco más alto que el susurro.
-Conciente te daría miedo.- Ambos soltaron una risita.- Tiene el ceño
fruncido y una voz gélida.- Dice aún sonriendo
-¿Estas seguro de que es una chica?.- Se burló, con una risa algo sorda
y controlada.
-Vamos.- Anima el jefe
Suben las escaleras hasta el tercer piso, y abren la segunda puerta del
pasillo, encuentran a una muchacha pequeña, delgada y durmiente, sobre la cama,
conectada a varios aparatos, el pip de una maquina macaba las pulsaciones de su
corazón, que sonaba calmado.
Francesco aprecio el rostro que había visto muchas veces en una foto,
una foto que le había dado Tamara, había admirado a la misma Miranda aún antes
de conocerla, todas esas historias que le contaba Tamara, sobre la pequeña
regordeta y fea niña que perdió a sus padres en un asesinato al que solo ella
sobrevivió, se decía a si mismo, que si el hubiese tenido una vida como la de
ella, no soportaría vivir, al menos sus padres, habían muerto de una manera más
o menos buena, y a una edad en la que el comprendió las cosas mejor.
-Dijiste que no parecía una chica.- Teo estaba perdido en las curvas de
natación que tenia el cuerpo de Miranda.
-No parecía.- Francesco volteo el rostro hacia su amigo y lo observo
incrédulo.
-Oye, ella es tu líder. No lo olvides.- Dice con un poco de egoísmo. El
se fija más en los rosas labios que posee la chica. Igual debemos de irnos,
ella debe de estar cansada.
-Si, ahhh si, claro!.- Teo parecía claramente hipnotizado por la
belleza femenina de Miranda.
Sacaron sus cabezas de la habitación y se miraron el uno al otro.
-Cuando podremos conocerla oficialmente?.- Pregunta Teo, con la mente
más firme
-Alphonse, dijo que se esta recuperando rápidamente, así que tal vez
eso sea en unos días. Una vez que nos transportemos a la sede, allí estará todo
más tranquilo, y tendrán opción de conocerse.- El jefe marco sus fieros ojos en
Teo.
-Fran ¿Quién le disparo de esa manera?.- Por un segundo Teo sostuvo el
brazo de su jefe y le lanzo una mirada preocupada.
-La misma gente que asesinó a Al y Tami. Los Bianchi.- Susurro, como si
el nombre estuviera prohibido pronunciar.- Pero creo que es suficiente por hoy,
hay que ir a dormir.- Se escucharon ligeros pasos alejándose de la habitación
de Miranda.
Los Bianchi, ellos son mis
enemigos. Miranda había
escuchado todo atentamente.
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