CAPITULO 4.
Miranda dormía profundamente cuando era trasladada en una camioneta
acompañada del Doctor Alphonse, que revisaba sus signos vitales, además del
jefe que se preocupaba por la vida de ahora su subordinada. En otra camioneta
viajaban 7 personas, las personas a las que lideraría Miranda, el silencio
dominaba a excepción de un hombre rubio de ojos plateados, que a la vista era
alto y muy fuerte, vestido con una camisa sin mangas y un pantaloncillo que le
llegaba a las rodillas.
*Conversación en ingles*
-¿¡A dónde nos llevan!?- Parecía incomodo de estar sentado en un solo
lugar, y su rostro se volvía rojo cada vez que gritaba, golpeaba fuertemente
hacia el metal llamando la atención de los conductores, que lo ignoraban.
-¡¿Podrías callarte?!- Gruño uno de los hombres, el que parecía el
mayor de todos ellos.- Esperemos a ver. Se paciente.- Dijo como si le hablara a
un niño.
-¡¡¡NO TIENES DERECHO A HABLARME ASÍ!!.- Discutían Ted Cameron, “el
australiano” y Nikolay Petrov “el ruso”. Ardiendo en vigor masculino Ted
afirmaba que incluso podían matarlos, que no se fiaba de nadie, Nikolay decía
que estaban en manos confiables que había designado el jefe, que debían confiar
en él.
En los demás asientos se encontraban Maya Smith, limpiando y repuliendo
una y otra vez un rifle, lo hacia con los ojos cerrados, en algún momento de la
pelea Maya, alzo el rifle en dirección a Ted y lo miro con una furia vivaz.
-Cállate. O te vuelo la cabeza.- De repente todos parecieron estar bajo
una presión increíblemente grande, Ferdinand Curie “el francés” y el menor de
todos ellos se quito los audífonos y alejo la vista de la laptop, los demás
vieron de reojo la escena y o simplemente la ignoraron.- ¡Ya me tienes harta! -
Gruño Maya
-Por favor todos cálmense.- Agrego “el Argentino” Lucas Fray, aún con
la Biblia en mano.
-¡¡Tu cállate!! - Grito desesperado Ted. En algún momento todos los que
estaban unidos a la pelea comenzaron a discutir entre ellos, unos
amigablemente, y otros explotando en furia.
-Maya. Basta. Los demás, silencio.- La voz no se escucho entre todas
las demás, pero aún así todos obedecieron la orden. Menos Ted.
-Tu no eres el líder.- Escupió.
-Soy el segundo al mando, mientras la líder no este, yo estoy a cargo.-
La masculina y severa voz de Teo, fue rotunda, y todos parecieron bajar la
cabeza ante su presencia.
-¿La has visto? - Pregunto en un tono joven y normal, una voz suave que
parecía de un niño, aunque provenía de un adulto. Él japonés Kouchi Tsubaki, vestía
de blanco en algo que parecía un uniforme de artes marciales, llevaba una larga
y delgada trenza bajando sobre su espalda, de improviso las miradas se
dirigieron a él y luego a Teo, esperando una respuesta.
-Si. Esta inconciente, por ahora.
-Así que la chica rubia que nos reunió aquí, ella esta inconciente.-
Casi afirmo Ferdinand, con el rostro firme en Teo.
-No, ella falleció.- Dijo cerrando los ojos. Todos parecieron lamentar
su perdida.- La nueva líder es alguien, recomendada por ella, según el jefe es
la mejor.
-Si es tan buena… ¿por qué esta inconsciente? - Ted, preguntó con una
voz soberbia y alzada de tono. Teo se puso rígido en su asiento, y miró con
rabia a Ted, mientras lo hacia hacerse pequeño.
-Todos nosotros, venimos aquí directamente y a salvo, porque ninguna
familia se había enterado de la existencia de nuestro grupo.- Continuo.- Pero
la última en ser notificada, fue la líder, para ese entonces medio mundo de la
mafia, ya lo sabía, ella fue perseguida desde México hasta aquí. Recibió dos
impactos de bala en México, peleo, y viajo hasta llegar, ¡Y! - Por un momento
pareció enfadado de no ser tan fuerte.- ¿¡tu dices que no es tan buena!?- Las
últimas palabras las escupió con ira.
Ted se sentó con cara asustadiza, y cerro la boca automáticamente.
-Recibió, dos impactos de balas, y aun así ¿llego viva acá? - Nikolay,
estaba entre sorprendido y asustado
-Esa es nuestra líder. Pronto la conocerán.- Dijo dándole cierre a la
conversación y volviendo a su posición anterior.
-¿Qué clase de humana es? - Fue un susurro aventado por Ferdinand y
nadie contesto, porque nadie sabía la respuesta.
* * * * *
La sangre no dejaba de correr por el rostro de Tami, era como si, del
pequeño hoyo que tenía en la frente, saliera un río carmesí, su rostro
paralizado por el miedo, las lagrimas mojando sus adorables mejillas, y después
Miranda recordó la vez que conoció a Al, fue una tarde hacia años, cuando
tenían apenas 17 años, Tamara lo había llevado a México, solo para que Miranda
lo conociera, a un hombre alto y delgado, de cabello rubio y ojos violetas, de
cara delgada y afilada, recordaba que siempre hacia reír a Tamara, recordaba
que, al principio pensó que era un hombre más, pero no lo fue, una vez que lo
conoció.
Sintió, que lo aceptó como su hermano, como la persona a la que su
amiga y confidente, había elegido para pasar el resto de su vida. Ese era del
tipo de hombres, que ya no existían. Repentinamente vio el rostro del que ahora
era su jefe, y el escudo de la familia Giglio… ¿Cuál era el apellido de Albert?... Miranda redondeo los ojos como
platos, y observo detenidamente el techo amarillo que se mostraba ante ella,
pardeo dos veces, antes de querer incorporarse, debajo de la puerta se colaba
el olor a tocino y huevos fritos, y debajo de las gruesas cortinas, la luz del
amanecer, se rasco la cabeza, descubriendo su cabello grasoso y desordenado,
miro su ropa, que por supuesto no era la misma con la que había partido de
México, no se molesto en descubrir quien la había cambiado, se mareo cuando
trato de ponerse sobre sus codos, pero se fue, ya se sentía mucho mejor de lo
que se sentía cuando llego con Francesco Giglio, y ahora las imágenes de antes,
regresaban a su mente como un flash, si, había llegado a Venecia, y había
formado un contrato con el jefe de la mafia, soltó una sonrisa débil, se volteo
a los lados, había una maquina que tomaba sus latidos, que no estaba conectada,
y también un par de bolsas de suero que colgaban sobre ella, pero tampoco
estaba conectada a ellas, sintió un desmesurado dolor en el brazo, que poco a
poco se calmo, movió la pierna, pero esta ya no le dolía, tenía hambre, mucha
hambre, la hizo pensar cuanto tiempo, había estado así.
A lado de ella alcanzo a ver su mochila y se estiro con un poco de
dolor en los huesos y articulaciones, hasta que la tomo en su puño, reviso si
estaban todas sus cosas, ahora desconfiando de todos, vio su celular entre
todas sus cosas, y lo tomo, observo la fecha sobre la pantalla táctil. 10 días.
Había estado inconciente 10 días, desde aquella noche en la que el dolor la
despertó, esa noche, cuando escucho al jefe y alguien más habar, sobre quien
había asesinado a su mejor amiga, y su novio. Miranda se tomo de los hombros,
como abrazándose a ella misma, sobre una mesita de centro observo ropas
limpias, y se levanto, viendo que la herida de la pierna ya no le dolía tanto,
gracias al cielo. Se vio la pierna vendada y decidió no arriesgarse a mirar.
Dejaba volando su brazo derecho mientras se vestía gracias a la ayuda del
izquierdo, dejando su mochila justo a lado de ella, y mirando el arma que
sobresalía entre la negra tela, a la mano, por si ella se sentía en peligro.
Cuando termino de subir el pantalón que le quedaba algo grande de la cadera
pero perfecto de lo largo, escucho el pomo de la puerta abrirse, escuchando a
alguien tararear, tomó el arma y en solo sostén y pantalón, apunto al hombre
que estaba frente a ella, lo reconocía de alguna parte, pero… ¿de donde?, no
lograba recordarlo. Hablo en ingles.
-Tranquila, no dispares.- El hombre lo dijo calmado, y alzando los
brazos.- Soy Alphonse Regio, el médico que te atendió las heridas. Soy parte de
la familia, no te preocupes, no te haré daño.- Miranda se sintió enfadada de
que le hablara como a una niña. Pero lo vio a los ojos, y supo que el hombre
decía la verdad, bajo poco a poco el arma, y después despreocupadamente dejo el
arma donde estaba.
-¿Y qué está esperando? - Dijo Miranda, pero el hombre pareció
confundido.- ¡Hay una dama aquí vistiéndose, largo! - Alzo la voz y el hombre
cerró la puerta tras el. El doctor, se sintió como si su madre le hubiese
regañado, no recordaba que la chiquilla que había atendido, y tenía un rostro
tan dulce cuando dormía, y susurraba el nombre “Tamara” entre sueños, fuera tan
agresiva, o pudiese contorsionar su rostro en una mueca tan salvaje, decidió
bajar a donde todos estaban desayunando, y decirle al oído a Francesco que la
líder había despertado.
Miranda, se puso la camisa de vestir blanca que le quedaba a la par de
su cuerpo, y sobre esta el sweater amarillo claro, de mangas largas y cuello
“V”. Vio un par de botas cafés, y se las puso con sus viejos calcetines, dejo
sobre el pantalón la café y tibia tela. Y colocó el arma entre la cinturilla
del pantalón y su cadera, miró por la ventana y vio un gran jardín verde, con
una fuente en el centro, salió al balcón, sintiendo el viento de húmedo de verano,
y sus pulmones asimilaron este. Vio hacia abajo y un escalofrió recorrió su
espalda, dejándola sin el deseo de mirar los 50 metros que había entre el piso
y ella, se volvió a la habitación y salio de ella, muy despacio pegándose a la
pared, y viendo a todos lados desconfiada, ya no estaba en Venecia, no veía
ninguno de los bonitos ríos, ya todo era bosque, se sacudió la cabeza con la
esperanza de sacar esas imágenes de la mente. Por el pasillo llego a una escalera
y bajo una por una con extremo cuidado, hasta que bajo dos piso, y llego hasta
el olor de huevos fritos y tocino, el estomago le gruño, y asomo su cabeza a
una habitación con un gran comedor y unas 16 personas en él, todas comiendo,
algunas hablando entre ellas, y otras en total silencio, como fieras esperando
una pelea, cuando entro a la sala, vio al extremo de la mesa, a Francesco
Giglio, pero no aligero el ceño. Vio a todos en una enorme incógnita, algunos
le sonreían, y otros la miraban con incredulidad, otros se secreteaban entre
ellos. Pero Francesco fue el primero en hablar.
*Conversación en ingles*
-Bienvenida de vuelta, Miranda.- La espesa voz del hombre contrajo los
músculos de ella, respondiendo.
-Que amable.- Dijo, con voz seca y severa.
-Siéntate, estamos desayunando.- Una bucama abrió la silla del otro
extremo y la señalo. Pero Miranda no se movió.
-Has dormido por 10 días, sospecho que estarás hambrienta.- Francesco
le dirigió una larga mirada, llena de encanto masculino.
Miranda parpadeo dos veces antes de moverse.
-HEY! Idiota, preséntala, si vas a invitarla a desayunar.- Una voz
femenina se abrió paso entre el silencio. 16 pares de ojos seguían los
movimientos de Miranda hacia la silla, y mientras se sentaba, la mujer que
había hablado era hermosa, de negro cabello largo y lacio, de ojos pequeños y
pómulos alzados, que le dirigió una dulce y enorme sonrisa a Miranda, ella
estaba sentada a lado izquierdo de Francesco.
-OH! Si!, discúlpenme.- Hizo una mueca de dolor.- Ella es la líder del
escuadrón de Justicia. Miranda Santiago.
Los ojos la voltearon a ver con un rostro lleno de amargura, mientras
una mano ponía dos huevos fritos con tocino, frente a ella, el olor hizo un
nudo en su estomago, tenia mucha hambre.
-Una chica…- Escupió Ted, con aires de grandeza.
-Cállate Ted.- Dijo una voz áspera que Miranda no reconoció. No
reconocía a nadie allí más que al jefe, Stephan y a su recién conocido médico,
Alphonse.
-¿Cuál es tu problema? ¿Una chica te hace sentir menos macho? - Dijo
una chica de apariencia hermosa, que mostraba una verde mirada, entre rizos
pelirrojos, en el respaldo de su silla había un rifle colgando ¿Es que aquí todos son prietos? Miranda
sintió el metal entre la tela y su piel, se sintió segura con el arma allí.
Maya y Ted se echaban miradas de odio.
-Cuidado Ted, tiene un arma y no dudara en apuntarte con ella.- Dijo
Alphonse señalando a Miranda con un tenedor, otra mano ponía un cuenco con
Lechuga y otro con papaya y miel frente a ella. Todos volvieron a Miranda el
rostro, pero nadie dio un visto de desaprobación, Miranda reconoció a los
gemelos que la habían cuidado mientras caminaban en las estrechas calles de
aquella hermosa ciudad, eran castaños claros y con ojos ámbar, comían mientras
los demás no dejaban de hablar.
Una vez que todos se concentraron en lo que hacían antes de que ella
llegara, puso el tenedor y el cuchillo sobre los huevos y el tocino,
partiéndolos eficazmente. Alguien se rió en el comedor, pero no sabia de quien,
así que lo ignoro.
Después de que ella terminara todo lo que estaba frente a ella, se
lleno, y supo que no estaba tan hambrienta como hubiese pensado, nadie se
levanto de la mesa, mientras los sirvientes recogían, Miranda no había esperado
a que le recogieran el plato, ni una vez desde que había cumplido 18 y se había
largado de esa casa. Espero mirando atentamente al frente, y observando los
ojos que la miraban fijamente, los de Francesco Giglio, sus ojos verdes
aceituna brillando, y no moviendo ni un pequeño músculo del rostro, Miranda no
quitaba el ceño fruncido de ninguna manera, se recargo a totalidad en el
respaldo, sintiendo el metal deslizarse conforme ella se movía, se miraban
intensamente, cada uno descifrando la mirada, y los demás en la mesa, parecían
estar tensos de saber que iba a pasar entre el jefe y la líder, Miranda cruzo
los brazos sobre su pecho, y él sostuvo sus manos sobre la mesa.
-¿Cómo están tus heridas? - Pregunto Francesco esperando la respuesta
más grosera de parte de ella. Pero Miranda relajo el rostro pero no la mirada.
- Mucho mejor.- Miro al jefe y cambio su mirada a Alphonse.- Gracias
por haber atendido mis heridas, y perdón por haberle apuntado con un arma, no
fue mi intención.- En la mesa hubo murmullos, y Francesco libero una gran
carcajada, que aunque no sonaba sincera si era divertida.
- Por nada.- Contesto el doctor con una relajada sonrisa. Miranda
inclino un poco el rostro, y luego alzo los oscuros ojos, como puñales hacia el
jefe, pero el no se sorprendió.
- Espero te sientas mejor para poder conocer a tu escuadrón.- Dijo con
un poco de amabilidad.
-Será un placer.- Miro hacia ambos lados, ¿Quién sería su Escuadrón?
¿Estarían allí presentes?
-Si mostraras un ceño menos horrible, creería que lo dices
amablemente.- Dijo Francesco con voz seca.
-Si no fuera usted, la persona que ordeno salvar mi vida, yo no
trataría de ser amable.- Rió durante un instante, y relajo su ceño, pero su
mirada era inmaculada. Sus oscuros ojos, parecían tragarse a todos los
presentes.- Así que ya no solo estoy aquí por una promesa, si no también por
una deuda. No soy ingrata, y tengo principios, si usted y el doctor salvaron mi
vida, entonces esta vida le servirá a usted, hasta que yo pagué mi deuda, y
cumpla mi promesa.
-Tengo curiosidad ¿Qué clase de promesa le has hecho a Tami? - Francesco
inclino su cara, como si no viera lo suficiente cerca a Miranda.
-Le prometí que la ayudaría.- Miranda pensó en no decirle de la
libreta, pero siendo él, tal vez ya había esculcado en sus cosas, y no había
porque ocultarlo.- Me dejo una libreta con sus deseos explícitos. Tamara era mi
hermana.- Fue lo último que dijo, porque sintió la boca seca y los ojos le
ardieron. Francesco pidió con la mano un montón de papeles que le dieron.
-He visto tu historial, es algo… interesante.- Miranda se sintió transparente,
como si ese hombre supiera todo lo que su infancia se había manchado.
-Si, bueno, cuando asesinan a tu familia frente a ti, queda un gran
hueco que llenar.- Dijo sin miedo y sin ganas de llorar, su familia estaba en
un mejor lugar.
-Estoy impresionado, de cuanto has cambiado en 15 años.- Sonrió con
malicia, seguro y había visto una foto de ella cuando mataron a sus padres.
-Pasan muchas cosas en 15 años.- Sonrió.
Lucharon con la mirada algunos segundos hasta que él cedió, rompiendo
el silencio nuevamente, y apartando la mirada.
-Espero nos entendamos.- Dijo con un rostro algo compasivo.
-Por supuesto.- Miranda se despego del respaldo, y lo miro matándolo.
-En fin, estoy emocionado de tener una líder tan capaz como tú, Mira.-
La había llamado Mira, ninguna vez en toda su vida la habían llamado así.- ¿O
prefieres que te diga Miri? - Lo hizo con todas las ganas de verla enfadada y
talvez quebrándose.
-Mira esta bien.- Sonrió
-Llámame Fran. Así me llaman mis amigos.- Hubo un lento desaliento de
parte de todos. Nadie, a excepción de tres personas en esa casa, le llamaba
Fran.- Y deja de hablarme de usted.- El hecho que el digiera eso, asustaba a la
multitud.
-De acuerdo, Fran.- Lo miró esperando alguna reacción de asco. Había
chispas entre ellos, como si realmente no se fueran a llevar bien. Miranda
descubrió a alguien mirándola fijamente, un pelirrojo de ojos cafés, el que
estaba en la oficina cuando ella llego, pero lo ignoro.
-Dejándonos de juegos, te presentaré a todos.- Miranda relajo la mirada
y la gente la miró curiosa.
-Mis colegas, son ellos, Marie.- Señalo a la mujer hermosa de cabello
negro, ella le dedico una gran sonrisa a Miranda.- Stephan, que ya lo conoces.-
El hombre hizo un gesto con la cara, en señal de saludo.- Marco.- Vio al
pelirrojo y el se levanto como si le hubiesen clavado un alfiler en el trasero,
Miranda lo miro sin aprecio, y algunos rieron desordenados, poniendo a Marco de
un color rojo igual al de su cabello.- Es mi mano derecha, y técnico en
computación.- Francesco lo miro casi orgulloso. Como es que ese debilucho es la mano derecha de un jefe de la mafia,
pensó, y el jefe continuo las presentaciones.- Álvaro y Ángelo.- Los gemelos
saludaron con la mano y la cabeza, como si estuvieran coordinados.- Y
recientemente perdí a dos, Albert y Tamara.- Mostró dos asientos a lado de los
gemelos, asientos vacíos, y llenos de nostalgia, Miranda se imagino a ambos
sentados a su lado, tomados de la mano, y sonriéndose el uno al otro, por
primera vez en su estancia allí, puso una tierna expresión. –Tu escuadrón. Tu
segundo al mando Teo, mexicano como tu.- El la miro y la saludo en castellano.
-Mucho gusto, capitalina.- Encontró un acento veracruzano en su hablar.
- Nikolay.- El hombre la miro solemne, y con los ojos llenos de
experiencia.
-Por favor, llámeme Kolai.- El hombre fue amable.
-Maya.-La chica la miro durante unos segundos, e hizo un gesto con el
rostro.- Kouchi.- Miranda admiro a un hombre apuesto, con la piel lisa, y los
ojos rasgados.
-Mucho gusto, Miranda-san.- Hizo una reverencia, y Miranda le respondió
con una sonrisa suave.
-Ted.- El no le dirigió ni una mirada, y a ella no le importo.- Lucas.-
El hombre parecía musculoso bajo una capa de ropa. Le mando una sonrisa llena
de amabilidad, a la que Miranda respondió con una mirada suave.- Y Ferdinand.-
El chico comía helado y el no se veía de más de 17 años, el le mando una mirada
insignificante y sin sentido alguno.- Stephan, muéstrales el camino al nuevo
escuadrón de justicia. Estoy ansioso de que se conozcan.- Miranda vio atenta a
Francesco y el volteo la mirada para ver a sus “colegas” como los había
llamado, comenzaron a hablar de algo, pero Miranda no escuchaba bien, mientras
se levantaba junto a su equipo, y Stephan les mostraba el camino, iban en fila
india, como por jerarquía observo, ella hasta el frente, y el que Francesco
dijo que era el segundo al mando, detrás de ella, después todos, y hasta el
final Ferdinand, con una laptop en manos.
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